Existe la creencia tradicional de que las obras públicas, los movimientos de tierras y las explotaciones mineras son siempre destructoras del patrimonio geológico. Nada más lejos de la realidad: existen numerosos ejemplos de extraordinarios afloramientos y yacimientos paleontológicos y minerales que se han descubierto o conocido gracias precisamente a actividades antrópicas que los han puesto al descubierto. Sin ir más lejos, en nuestra provincia, el afloramiento de la falla inversa en el talud meridional de la N-110 en las proximidades de Zarzuela del Monte (p.K. 221); que ha sido infinidad de veces visitado por grupos de estudiantes y aficionados desde hace décadas. Por todo ello, es fundamental incorporar el estudio del patrimonio geológico en todos los proyectos, idealmente en la evaluación de impacto ambiental previa a las actuaciones (ver guía gratuita del IGME sobre cómo hacerlo).

Un caso particular de cómo las obras pueden dar ‘una segunda vida’ al patrimonio geológico son los movimientos de tierra que ‘refrescan’ o ‘renuevan’ afloramientos rocosos que han quedado cubiertos por derrubios, suelos o vegetación, imposibilitando su visión y el uso didáctico, divulgativo o científico de los mismos; y muchas veces que conducían a su desaparición.

Estos días en Segovia capital estamos asistiendo a uno de estos ‘rejuvenecimientos’ de afloramientos de lugares de interés geológico. Las obras de ampliación de la calle San Gabriel (o ‘Cuesta de la Zorra’) están afectando a un lugar de interés geológico previamente catalogado e incluso publicado en el libro del patrimonio geológico de Segovia: Gneises y diques de la calles San Gabriel y Vía Roma (LIG nº 005; Díez Herrero y Vegas, 2011).

Se trataba (y esperemos que se siga tratándose) de afloramientos rocosos de rocas metamórficas ortoderivadas (ortogneises glandulares), con marcada foliación, grandes fenocristales y estructuras de microplegamiento y bandas de cizalla y deformación dúctil.

Y atravesando esos gneises había abundantes diques y filones de potencia centimétrica a decimétrica, de granitoides (leucogranitos aplíticos y pegmatíticos) y cuarzo lechoso e hialino, que a su vez contenían otros minerales como turmalinas negras (‘chorlo’). Todo el conjunto también estaba afectado por la fracturación tardivarisca, que formó fallas y diaclasas, que en ocasiones desplazaban los diques y filones saltos decimétricos y generó bandas de trituración afectadas por la meteorización.

Tras las obras en la calle de San Gabriel de hace unas décadas, estos elementos de interés geológico, que podían ser utilizados por los centros escolares y por los aficionados para aprender conceptos básicos en geología, quedaron e los afloramientos de ambas márgenes de la carretera, accesibles mediante las aceras.

Pero el paso del tiempo y la falta de mantenimiento de eliminación de la vegetación nitrófila, muchas veces exótica, fomentó que los afloramientos quedaran tapados por derrubios, suelos caídos de la parte superior y vegetación herbácea, arbustiva e incluso arbórea (ailantos).

Ahora, las nuevas obras de ensanchamiento y adecuación de la calle San Gabriel esperemos que den una segunda oportunidad a estos afloramientos y su visualización, posibilitando que se pongan al descubierto más y mejores estructuras y texturas metamórficas e ígneas; y que puedan ser utilizadas para usos didácticos, divulgativos e incluso científicos.

Para ello, como siempre, sería deseable que, igual que muchas de estas obras tienen un necesario control arqueológico antes y durante el movimiento de tierras, también hubiera un seguimiento geológico por parte de especialistas en patrimonio geológico, para que dirigieran la configuración final de los taludes para garantizar que una vez que los antiguos afloramientos ya ‘murieron’, son reemplazados por nuevas superficies de roca que resulten igualmente interesantes y valiosos.