La Ciudad de Segovia y su entorno

En el entorno del territorio que actualmente ocupa la ciudad de Segovia convergen una serie de circunstancias que hacen de esta zona un lugar de enorme interés geológico-geomorfológico:

  1. Coinciden, en apenas tres kilómetros cuadrados, los contactos litológicos entre más de media docena de tipos de rocas diferentes, formadas en gran variedad de ambientes (interior de la Tierra, ríos, mares, lagos…), correspondientes a tres eras distintas, y afectadas por todo tipo de estructuras tectónicas.
  2. El río Eresma y sus arroyos afluentes (Clamores, Tejadilla y Ciguiñuela) han excavado profundos valles y cañones, poniendo al descubierto en sus laderas y cortados los contactos entre rocas e infinidad de afloramientos de los diferentes conjuntos rocosos y sus estructuras.
  3. La ancestral presencia humana, con sus actividades de construcción y explotación de recursos minerales, ha aumentado el número de afloramientos y genera una amplio abanico de fenómenos de interferencia con los procesos geológicos activos.

4.1.1

Por todo ello, los puntos con interés geológico catalogados en el entorno de Segovia superan el medio centenar, y las posibilidades para su empleo científico, didáctico y divulgativo, aún están por desarrollar, sobre todo considerando el público potencial de estos recursos culturales de índole natural: más de 55.000 residentes en la Ciudad, 150.000 habitantes en la Provincia, y alrededor de un millón de visitantes anuales en calidad de turistas.

Los puntos con interés geológico se agrupan fundamentalmente en los valles del río Eresma y de los arroyos Clamores, Ciguiñuela y Tejadilla. Entre ellos destacan los afloramientos de las rocas sedimentarias cretácicas, formadas en ambientes fluviales, litorales y marinos. Los cortados rocosos con estructuras sedimentarias llamativas salpican las paredes y laderas de los cañones, especialmente allí donde han sido sobreexcavadas por las construcciones humanas (taludes de carreteras, canteras, huecos para edificios, etc.). Destacan los afloramientos de: Puerta de San Cebrián, Cuesta de los Hoyos, El Alcázar, Peñas Grajeras, La Fuencisla, Calle Real (Cervantes), El Tejerín-Las Lastras, Cuesta de San Juan, El Terminillo, Los Viveros… En muchos de ellos, además, las rocas contienen abundantes restos fósiles de invertebrados marinos (bivalvos, corales, equinodermos…) y seláceos (dientes de tiburón y raya).

 Figura 10_04-3

Otro grupo de puntos está constituido por los afloramientos de rocas ígneas y/o metamórficas, como la antigua cantera de Las Romeras (Nueva Segovia), Juarrillos, San Lorenzo, etc. Un tercer conjunto son las manifestaciones de estructuras tectónicas (pliegues, fallas…), representadas también en Las Romeras, Los Viveros-Peñas Grajeras y Tejadilla, entre otros sitios.

Pero sin duda alguna, uno de los mayores valores naturales de Segovia y su entorno radica en la geomorfología, esto es, en la configuración del relieve y su impronta en el paisaje, los usos y las costumbres de sus habitantes a lo largo de la Historia.

La propia situación de la ciudad es un enclave geomorfológico singular: un cerro, a modo de mesa (en realidad un fragmento de cuesta poco inclinada), que ha quedado aislado de las lastras circundantes por el encajamiento de los valles de dos corrientes fluviales en su confluencia. Este modelo de ubicación, sin ser único, puesto que se repite en numerosas localidades segovianas (Coca, Pedraza, Sepúlveda, Maderuelo, Castrojimeno…), sí que confiere al cerro-interfluvio una configuración que condicionará históricamente el modelo de poblamiento y las condiciones de accesibilidad a los recursos naturales básicos, como el agua y los materiales de construcción.

Respecto al modelo de poblamiento, el proceso de formación del cerro a partir del encajamiento fluvial hace que los mayores desniveles sobre los valles circundantes se alcancen precisamente sobre la confluencia de los ríos, por lo que será en esta zona de forma apuntada-acorazonada donde se ubiquen los centros defensivos-militares. En el caso de Segovia es donde se situó el castro prerromano, la primitiva fortaleza romana y donde posteriormente se ubicó el Alcázar; semejante posición ocupan los castillos de Coca, Maderuelo y Pedraza. En el extremo opuesto del cerro, donde el desnivel respecto al territorio circundante es menor y las laderas más suavizadas, es necesario reforzar el sistema defensivo; allí se sitúa el sector de la muralla más elevado, entre las puertas de San Juan y San Andrés.

Figura 10_04-1

En lo que se refiere a cómo la configuración geomorfológica condiciona el acceso al agua, en Segovia tenemos uno de los mejores ejemplos posibles. El cerro está situado en un interfluvio estrecho, por lo que el agua de los ríos está relativamente cerca, pero con un desnivel suficiente como para hacer inviable un suministro permanente con un esfuerzo pequeño. Las aguas subterráneas, dada la naturaleza carbonática (calizas y dolomías) de la parte culminante del cerro, están restringidas a un exiguo acuífero cárstico con un nivel freático muy bajo, casi inaccesible desde pozos excavados en el cerro, salvo raras excepciones de pequeños pozos-aljibe (como el que debió haber en la calle Pozuelo, barrio de las Canonjías).

Estos contratiempos se paliaron mediante la construcción del Acueducto, que trasvasaba agua de una cuenca hidrográfica contigua al Alto Eresma (arroyo de la Acebeda o río Frío), y la derivaba a cota suficiente como para que alcanzase la cima del cerro fluyendo por simple gravedad. Como es sabido, la parte más elevada del monumento (con doble arquería) precisamente salva la vaguada que, a modo de collado, se formó por confluencia de las vagonadas de dos afluentes del río Eresma y el arroyo Clamores: el arroyo Alemán y el arroyo de la bajada del Carmen, respectivamente. El propio Acueducto es, con su trazado, un resumen de la geología y geomorfología de Segovia; siguiendo su trazado se podría hacer un corte geológico donde aparecen representados todos los conjuntos litológicos y su configuración paisajística característica.

También relacionado con el agua están los manantiales y fuentes que salpican las partes bajas de las laderas y cortados de los valles. Algunas de ellas de enorme popularidad y con significación religiosa, como los manantiales de La Fuencisla. A grandes rasgos se pueden agrupar en dos tipos de manantiales, según procedan de: acuíferos fisurales en las gargantas de Eresma y Ciguiñuela (Las Delicias, La Piojosa, La Fuentecilla…); o acuíferos cársticos en los cañones del Eresma y Clamores (La Fuencisla, El Parral, El Obispo, Santa Cruz, Piojo, Hontanilla…).

Los importantes desniveles entre el cerro y los valles, las litologías poco consolidadas, el clima, y el régimen torrencial de los ríos circundantes, han generado una ancestral interferencia entre los procesos geomorfológicos y las actividades humanas. Muchas zonas de la Ciudad se encontraban, y aún se encuentran, en zona de riesgo por desprendimientos, deslizamientos e inundaciones. Buena prueba de ello son los numerosos testimonios documentales de desastres históricos asociados a los fenómenos naturales, algunos de los cuales causaron víctimas mortales: inundaciones por desbordamiento del arroyo Clamores (1500, 1733, 1791, 1853, 1981) y el río Eresma (1511, 1513, 1521, 1543, 1605, 1626, 1627, 1629, 1695, 1733, 1791, 1799…1996); desprendimientos y deslizamientos en el valle del Clamores, Cuesta de Santo Domingo, Alameda del Parral, San Marcos, estación de ferrocarril, El Tejerín…; caída de árboles por reptación desde el Pinarillo sobre la carretera en la Cuesta de los Hoyos; o formación de hoyos por colapsos de sufusión en la Cuesta de Santa Lucía. Estos eventos han condicionado el poblamiento y los usos de las zonas afectadas, llegando incluso a provocar el traslado del Monasterio de los Huertos desde la Alameda del Parral hasta la zona alta del recinto amurallado (actual Plaza de Los Huertos), tras las importantes inundaciones que sufrió en el siglo XVII.

Más en detalle, la configuración geomorfológica del cerro y sus inmediaciones han condicionado el patrón urbanístico, los usos, e incluso los topónimos: las vaguadas por las que discurrían los pequeños arroyos que drenaban el cerro durante las tormentas han dado nombre a calles y parajes del recinto amurallado, como El Vallejo (calle y casa); los meandros en los valles dejan en sus orillas internas relieves que han disparado la imaginación de los segovianos, a los que han atribuido topónimos por sus peculiares formas, como ‘el submarino’, o por su situación (‘la Casa del Sol’); las orillas externas de esos mismos meandros generan laderas en anfiteatro a las que se atribuyó tales funciones en tiempos romanos, como es el caso de La Hontanilla o el Paseo de Juan II; y las zonas deprimidas o con pozas en el río, reciben topónimos específicos, como las situadas en la calle de la Hoya, a orillas del Eresma, en el barrio de San Lorenzo.

Las cuevas formadas en su mayor parte por la acción cárstica, omnipresentes en los cortados de los cañones que circundan la Ciudad, han sido refugio, fuente de recursos, y motivo de mitos y leyendas. Buena prueba de ello son: los restos arqueológicos de las cuevas de El Parral; las antiguas viviendas y champiñoneras de las cuevas y abrigos en la Cuesta de Los Hoyos; el pozo-aljibe en la Cueva del Alcázar; o la explotación de piedras molineras y probable almacén de nieve, como da a entender la cercana calle del Pozo de la Nieve, de la Cueva de la Zorra.

Lejos del recinto amurallado, la Segovia de los arrabales y la ciudad moderna se han desarrollado en el piedemonte de la Sierra. Aquí, con relieves más suaves y alomados, la geomorfología ejerce un menor control sobre el desarrollo urbano. No obstante, se conservan topónimos que nos indican la impronta del relieve y la geología en la cultura popular, como: El Peñascal, que alude a los frecuentes afloramientos rocosos en las inmediaciones de la garganta del río Eresma; el puente del Berrocal, sobre el arroyo Clamores en la actual calle Independencia; El Cerro (de la Horca), correspondiente a un relieve residual del piedemonte, hoy ocupado por el polígono industrial homónimo; la calle de los Arroyos, indicativa de los pequeños arroyuelos tributarios del Clamores por su margen izquierda que circulaban entre la actual calle de José Zorrilla (un interfluvio en alto) y la avenida de la Constitución; Las Lastras (del latín lastrum, piedra llana o lancha), en alusión a las altiplanicies con afloramientos de rocas en lajas o capas subhorizontales, y que ha dado lugar a infinidad de topónimos (La Lastrilla…).

La citada diversidad de litologías presente en el entorno de la Ciudad, tiene su reflejo en su empleo, sucesivo o combinado, como materiales de construcción. Son numerosas las canteras y minas de las que extraían, desde tiempos remotos: granitoides, como los empleados para la construcción del Acueducto, los palacios renacentistas y el adoquinado de las calles; calizas, dolomías y areniscas para las iglesias románicas y góticas, la Catedral nueva y los escudos heráldicos; arcilla para los ladrillos de las torres mudéjares y la fabricación de loza; arena para los revocos y esgrafiados; cantos rodados para el borrillo; gravas para hormigones; y diversos tipos de rocas para los vallados de mampostería y sillarejo. Algunas de estas canteras históricas aún se conservan en las inmediaciones de la iglesia de la Veracruz, El Parral, Tejadilla, San Lorenzo, El Velódromo, El Tejerín, etc., y constituyen interesantes ejemplos de arqueología industrial. Otras veces nos quedan los nombres de los sitios y oficios relacionados con la extracción de los recursos minerales, como la calle Barreros (barrio de San Millán), en alusión al lugar donde se sacaba el barro (arcillas arenosas) para los alfares.

Extracto de: “Las raíces del paisaje: condicionantes geológicos del territorio de Segovia”, Díez-Herrero y Martín Duque (2005)