La Mina de La Atalaya

La denominada “mina de La Atalaya”, “mina del Cambrones” o “mina de plata de La Granja” en realidad es una de las múltiples labores mineras que se distribuyen por el piedemonte de las alineaciones montañosas de El Atalaya y el cerro de Cardosillas y en los valles circundantes (arroyo de La Atalaya, arroyo de Gamones, arroyo de La Mina-duplicado- y río Cambrones…), en los términos municipales de Trescasas y Palazuelos de Eresma (Segovia).

Mina de La Atalaya, bocamina, años 80s (Andres Diez Herrero)

La mayor parte de estas labores fueron, o al menos lo que se conserva de ellas son simples calicatas, zanjones y pequeñas trincheras superficiales siguiendo filones o la mineralización dispersa, de escasa entidad superficial y apenas profundización, con escombreras de poco volumen; pero que por su número y singularidad, dan incluso nombre al arroyo que discurre al SW del pico de La Atalaya, que ahora se denomina arroyo de La Atalaya, pero que en topografías antiguas aparece como arroyo de Las Minas. Sin embargo, entre todas ellas, destaca por su entidad y por conservar una parte de sus labores subterráneas, la denominada “mina”, situada en la ladera derecha del valle del río Cambrones, aguas arriba del paraje de Las Calderas, al sureste del cerro de las Cardosillas, paraje de Navafrades, entre los arroyos de La Mina y Las Cardosillas. Aparentemente las labores mineras consistieron en una galería única subhorizontal que seguía la mineralización y un pozo de ventilación vertical situado al final de la misma, ubicándose sendas escombreras en cada uno de ellos. El acceso a la galería se realiza, o realizaba, a través de una pequeña boca parcialmente taponada y hundida, de sección subcircular y apenas 60 cm de altura máxima; luego la galería ganaba altura hasta el metro y medio, lo que permitía circular de pie pero agachado los más de cien metros de longitud. Al final de la misma, se situaba un filón de cuarzo con abundante mineralización (sobre todo arsenopirita masiva en cuarzo lechoso) con alteración hidrotermal, que seguramente causó el hundimiento del pozo verticalizado.

Lo verdaderamente singular de este sitio, que lo convierte en lugar de interés geológico (aparte de su valor como patrimonio histórico-minero al ser una de las pocas minas subterráneas que aún se conservan en la provincia de Segovia) es su mineralización. Aunque no nos consta que existan estudios publicados específicamente de esta asociación y paragénesis, tiene muchas similitudes con otras conocidas y estudiadas en ambas vertientes de la Sierra y explotadas desde antiguo por su contenido en plata; como la denominada mina Mónica, a unos dos kilómetros de Bustarviejo (actualmente Comunidad de Madrid), cuya explotación data al menos del siglo XVI y que ha sido citada y documentada en obras como “Minerales y minas de Madrid” (González del Tánago Chanrai y González del Tánago del Río, 2002), “Madrid. La minería metálica desde 1417 hasta nuestros días” (Jiménez et al., 2004; Bocamina, 14) o la magnífica monografía de 2011 de los hermanos Jordá (Luis y Rafael) “La mina de plata de Bustarviejo. 500 años de historia bajo tierra” (autoedición).

Suelen ser mineralizaciones encajadas en gneis, con asociaciones de arsenopirita, esfalerita y calcopirita, acompañadas de pirita, casiterita, estannita y galena (González del Tánago Chanrai y González del Tánago del Río, 2002; Jiménez et al., 2004); a lo que cabría añadir toda la saga de alteraciones en forma de óxidos e hidróxidos de los mismos, como escorodita, limonita, goethita, etc; y entre los minerales de plata destaca la matildita. En el caso de la mina Mónica parece ser que la morfología no es típicamente filoniana, sino un relleno de cavidades y fisuras siguiendo la dirección de estructuras; mientras que en el caso de la mina de La Atalaya sí que parece más filoniano, aunque también con bolsadas por variaciones de la potencia del filón de cuarzo y el contenido de sus salbandas. Este tipo de mineralizaciones ha sido estudiado genéricamente en la Sierra de Guadarrama por la Dra. Elena Vindel desde los años 80s del siglo XX (Vindel, 1980; tesis doctoral), e incluidas en las síntesis generales de Locutura y Tornos (1985), como tardi- y post-orogénicas de chimeneas hidrotermales.

No se ha encontrado documentación específica sobre la fecha de explotación, que algunos osados de los pueblos circundantes remontan a época romana. Pero por la tipología de las labores, aunque fuera conocido desde la Alta Edad Media, bien podría tener un periodo de actividad reciente desde inicios-mediados del siglo XIX hasta incluso principios del siglo XX. Se tiene constancia de la solicitud de permisos de exploración y prospección geofísica en las décadas de los años 80s y 90s, en las que los precios de los metales preciosos (oro y plata) atrajeron varias compañías mineras, incluso multinacionales.

Mina de La Atalaya, escombrera, años 80s (Andres Diez Herrero)

Mina de La Atalaya, escombrera, años 80s (Andres Diez Herrero)

Sería deseable que este lugar de interés histórico-minero y el lugar de interés geológico que lleva aparejado por lo singular de la mineralización, fueran protegidos y conservados en el futuro, defendidos por las amenazas de ser degradados por haber sido lugar de acumulación de basuras de excursionistas, movilización de escombreras durante obras de toma y conducción de agua, expoliados sus ejemplares minerales por parte del coleccionismo malentendido o el comercio de minerales, o incluso taponamiento de los conductos para evitar problemas con el ganado. De hecho, se encuentra catalogado como LIG desde el primer listado de la provincia de Segovia (Díez-Herrero, 1991); y desde la aprobación de las Directrices de Ordenación Territorial de Segovia y su Entorno (DOTSE) por parte de la Junta de Castilla y León (BOCyL, 26 de octubre de 2005), este lugar está protegido con la categoría de Lugar de Interés Natural (LIN); en concreto, dentro de los “F. Yacimientos minerales singulares”, como “F.4. Minas de La Atalaya (Palazuelos, Trescasas)”; lo que debería suponer que según el artículo 7 “El planeamiento urbanístico debe precisar su emplazamiento, delimitar el área de protección y establecer un régimen que asegure su conservación. Por su naturaleza puntual o reducido tamaño, no debe tolerarse ninguna acción transformadora, sino tan sólo acciones de puesta en valor que no modifiquen las características que los hacen singulares”.

Información extraída desde la propia experiencia de Andrés Díez Herrero desde la década de 1980s, las obras citadas y la amable colaboración de Ramón Jiménez (Museo Geominero, IGME).