Hace poco tiempo, un popular bar-restaurante situado en el paseo Conde de Sepúlveda 53, en la ciudad de Segovia, ha cambiado de propietarios y además de nombre de establecimiento.

La Lastra era un bar-cafetería-restaurante, abierto hace más de una década, y que utilizaba este topónimo como nombre, una fachada de rocas carbonáticas cretácicas (planchas de Rosa Sepúlveda) y una imagen corporativa (rótulos, toldos…) usando los tonos beige de las calizas y dolomías cretácicas; a lo que se unía una cuidada decoración de interiores con llamativos gressites de teselas circulares y elípticas reproduciendo formas que recordaban a oleajes marinos.

El motivo de esta denominación es la proximidad de uno de los parajes más característicos de la parte suroccidental de la ciudad de Segovia: Las Lastras, que además da nombre a la calle situada justo en la acera de enfrente de esa misma calle.

Ahora ha pasado a denominarse restaurante Asia, cambiando la estética a colores azules y haciendo desaparecer cualquier relación con ese topónimo y la coloración de las rocas del substrato de esos paisajes.

Con este cambio se pierde otro de los elementos existentes en la ciudad y provincia de Segovia que, si bien no son propiamente lugares de interés geológico, sí que son lugares no geológicos con interés para el conocimiento y estudio de la geología segoviana. Son los definidos como ENGIG: elementos no geóticos de interés geológico (Díez Herrero et al., 2013).

¿Qué son las lastras y qué tienen que ver con la geología?

(extracto de Las raíces del paisaje (Díez y Martín Duque, 2005)

El topónimo lastra, muy difundido en la provincia de Segovia, tiene un origen etimológico incierto, posiblemente latino, haciendo referencia a las lajas de roca, lanchas o piedras llanas que se colocaban en la construcción de las calzadas romanas; después ha sido profusamente utilizado en lugares de repoblación medieval riojana y vasco-navarra (arlasta [en euskera] = losa de piedra formada de manera natural), como Burgos o Soria, dando nombre a numerosas localidades segovianas (Lastras del Pozo, Lastras de Cuellar, Lastras de Lama, La Lastrilla), infinidad de topónimos de parajes, e incluso ermitas y vírgenes (Virgen de La Lastra en Arcones; Sacristán y Vicente, 2018).

Localidades y algunos topónimos significativos con el nombre ‘Lastra’ en la provincia de Segovia, superpuestos a los afloramientos de rocas carbonáticas cretácicas (calizas, dolomías, areniscas y margas; en color gris), donde se aprecia una perfecta correlación entre unos y otros. Modificado de Díez Herrero y Martín Duque (2005), Las raíces del paisaje.

Derivado de este término, se usa en Segovia el vocablo ‘lastreño/a’ para designar a un terreno de lastra poco apto para el cultivo (Calleja, 1996), debido a la delgadez de los suelos fértiles y a la escasa profundidad a la que aparecen las rocas calcáreas, que les confieren una alta pedregosidad. Los paisajes de lastras son característicos del entorno de Segovia y Zamarramala, Espirdo y La Higuera, Torreiglesias, Caballar, desde Torreval de San Pedro hasta Pedraza, el entorno de las ‘Valleruelas’ (de Sepúlveda y Pedraza), o La Matilla,  Villar de Sobrepeña, y Villaseca, entre otras muchas localidades.

El origen de todos estos relieves es bien conocido (Díez, 1989): en un principio las cumbres de los cerros formaban una única zona casi plana (como puede deducirse de la semejanza entre sus cotas, que rondan los 1100 m sobre el nivel del mar); fueron los ríos y arroyos situados entre ellos los que, durante la formación de sus valles (‘vallejos’) a partir de esta planicie culminante, fueron encajándose y dejando individualizados los diferentes cerros, que quedaban aislados como torreones o castillos (‘castillejos’). Allí donde el encajamiento de los arroyos, por su escasa entidad, no alcanzó a separar del todo los cerros, dejó entre ellos pequeños collados o portachuelos (El Collaíllo, Portillo de la Alameda…), que han aprovechado los caminos vecinales y carreteras, vías pecuarias (Cañada Real de Orejana), e incluso localidades que buscaban el abrigo del relieve (Revilla). Por el contrario, donde los valles entre los relieves adquieren mayores dimensiones, se forman las ‘valleruelas’, que dan nombre a los municipios de Valleruela de Sepúlveda y Pedraza.

Bloque diagrama geológico de las lastras, mesas y cuestas arenosas de la Tierra de Pedraza. Dibujo: Jorge Soler Valencia; en Díez Herrero y Martín Duque (2005), Las raíces del paisaje.

La base de las laderas de estos relieves está formada por arenas y arcillas de origen fluvial ,  cuyas vertientes adoptan formas rectilíneas a ligeramente cóncavas, que reciben los topónimos de laderas (Laderas de Orejanilla) y cuestas; en ellas es frecuente encontrar zonas acarcavadas (‘arenales’) y vegetación arbórea de encinar, al no haber sido roturadas por sus elevadas pendientes. Las rocas carbonáticas, más cementadas y resistentes, sirven de protección frente a la erosión a las arenas infrayacentes, más deleznables. Los estratos de calizas y dolomías afloran en la culminación de los cerros formando escarpes escalonados, y dan lugar a delgados suelos pedregosos, y a pequeños cortados en la parte superior de las laderas. A veces, los afloramientos de rocas carbonáticas son tan estrechos que recuerdan a ruinas de castillos (Castillejo en Orejana y Espirdo; Los Castillejos en Arahuetes); otras, constituyen cerros elevados que han servido de ubicación a poblamientos desde antiguo, haciéndose eco la toponimia de esta circunstancia (Los Castros en Valseca); o tienen formas características troncocónicas que se asemejan a útiles domésticos (El Serón, en Segovia); finalmente han sido objeto de explotación de recursos naturales, como la cal (La Calera y El Calerón).

Vista panorámica del valle del Caslilla en Sepúlveda y los restos de las lastras en el interfluvio Caslilla-Duratón, formados por los cerros de La Picota y Somosierra.

Es más, en los grandes macizos calcáreos de la provincia de Segovia, como el Macizo de Sepúlveda o La Serrezuela, la toponimia local usa con profusión la palabra ‘lastra’ y sus derivados, con cientos de parajes, barrancos, cuevas, manantiales, etc. (Díez et al., 1996); y no como, equivocadamente, en algunas publicaciones se han referido a estos parajes con el nombre de ‘páramos’ o ‘parameras’, que no aparecen en la toponimia local y sí que corresponden a otros sectores de la provincia (páramos de Cuéllar y parameras de la Sierra).

En el futuro convendría fomentar el mantenimiento de la existencia de estos lugares y establecimientos, que conservan la memoria de la toponimia de nuestros paisajes geológicos, para conservar la memoria del territorio y sus orígenes.

Para saber más:

DIEZ, A. (1989). Geomorfología de los paisajes cretácicos del SW segoviano. I Jornadas sobre el Paisaje, pags. 133-134, Segovia 1988; D.L. SG-113-1989.

DÍEZ, A.; PEDRAZA, J. de; SÁNCHEZ, J. (1996). Fisiografía y paisaje de las Hoces del río Duratón. Real Sociedad Española de Historia Natural, XII Bienal. 54 pp. + 1 mapa, Madrid. ISBN 84-920828-5-2; D.L. M-8527/1996.

DÍEZ, A. Y MARTÍN-DUQUE, J.F. (2005). Las raíces del paisaje. Condicionantes geológicos del territorio de Segovia. En: ABELLA MARDONES, J.A.; SALINAS, B. y YOLDI, L.  (Coords.), Colección Hombre y Naturaleza, VII. Ed. Junta de Castilla y León, 464 págs. ISBN 84-9718-326-6; D.L.: S. 1.752-2005.

DÍEZ-HERRERO, A.; MARTÍN-DUQUE, J.F.; y VEGAS, J. (2013). Catálogo de elementos no geóticos de interés geológico (ENGIG) de la provincia de Segovia. En: VEGAS, J., SALAZAR, A., DÍAZ-MARTÍNEZ, E. y MARCHÁN, C. (Eds.), Patrimonio geológico, un recurso para el desarrollo. Publicaciones del Instituto Geológico y Minero de España, Serie Cuadernos del Museo Geominero, 15, pp. 371-378. Madrid. Actas X Reunión Nacional de la Comisión de Patrimonio Geológico de la Sociedad Geológica de España, Segovia del 10 al 15 de junio de 2013. ISBN 978-84-7840-901-3; NIPO 728-13-013-9; DL M-14567-2013.

SACRISTÁN, N. y  VICENTE, F. (2018): Las piedras y los paisajes en la cultura tradicional de la provincia de Segovia, Becas de Investigación, Instituto Manuel González Herrero, Diputación Provincial de Segovia, Segovia, 420 pp.