¿Usted no es de aquí?

Existe toda una batería de chistes clásicos (y malos) que usan un diálogo entre dos personas para hacer ironía con el desconocimiento que una de ellas tiene de las costumbres y hábitos de un lugar. Algo parecido podríamos hacer con la ‘costumbre’ que algunas personas, colectivos y administraciones públicas tienen de colocar rocas en lugares donde no tienen ningún sentido, no solo estético, sino tampoco natural.

Los seres humanos, desde el principio de los tiempos en la Prehistoria, han movido rocas, minerales y fósiles y los han cambiado de sitio, incluso en grandes volúmenes y dimensiones, bien con fines utilitaristas (materiales de construcción, infraestructuras, etc.), simbólicos y religiosos (mausoleos, templos, etc.) o decorativos (monumentos). Entre los millones de ejemplos podríamos destacar Stonehenge, las pirámides de Egipto, el acueducto de Segovia o el Taj Mahal. Si estos movimientos de rocas se hicieron de forma intencionada y tratando precisamente de aprovechar las características especiales de esas rocas del lugar de origen (tenacidad, durabilidad, capacidad portante, color, textura, etc.) que no existían en los materiales del substrato del lugar de destino, su movimiento tuvo sentido y es comprensible el esfuerzo humano y económico la extracción, transporte e instalación.

Pero últimamente, en la Edad Contemporánea y especialmente en las últimas décadas, han proliferado las tendencias supuestamente ambientalistas de ‘renaturalización’ mal entendidas (o sin suficiente conocimiento de la naturaleza de un lugar) que intentan devolver, a los paisajes urbanos y periubanos de las ciudades y pueblos, el supuesto aspecto priscino previos a la ocupación humana. Es entonces cuando se hacen traslados e instalaciones de rocas, a veces de grandes dimensiones y con costes elevados, a rotondas, parques, jardines, plazas y calles, en ocasiones sin sentido natural, puesto que esas rocas no corresponden a ese entorno.

Es frecuente la ‘renaturalización’ de rotondas y glorietas en las que se instala vegetación supuestamente natural, autóctona y climácica del lugar (como encinas, robles, aromáticas) u otras no tan características, al menos en Segovia (olivos) y se pone como acompañamiento unos bloques de roca. ¿Qué roca se pone? Normalmente la que conozca el arquitecto, ingeniero o técnico que haya ‘ideado’ el proyecto o la que tenga más a mano o sea más barata para el constructor o jefe de obra. De esta forma se dan situaciones surrealistas de rotondas en ciudades y pueblos de Segovia con rocas que no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza local, ni con sus tradiciones y usos, ni con sus oficios ligados a la geología (cantería, minería…). Como bloques de pizarras en la rotonda de la plaza de Somorrostro en Segovia capital; o el bloque de roca caliza de la fuente en la plaza junto a la iglesia de Cerezo de Abajo.

Pero especialmente grave es aún cuando lo que se pretende con esa supuesta ‘renaturalización’ es facilitar la introducción de especies vegetales y animales características del lugar y, para ello, se emplean las rocas como sustrato, cobijo o elementos para fabricación de sus madrigueras o nidos. Por ejemplo, la reconstrucción que se hace de conjuntos de bolos y bloques (tors) o los majanos, amontonamientos de bloques y cantos que los agricultores tradicionalmente retiraban en los laterales y lindes de sus campos, para que sirvan de protección y cobijo de reptiles y anfibios en parques urbanos y periurbanos. En estos casos se puede llegar al absurdo de traer rocas que nada tienen que ver con la litología local, y que contrastan con el sustrato donde son instaladas tanto en composición, granulometría, textura, estructura y coloración. Como los majanos de calizas y dolomías beige sobre el piedemonte de roca centenera (gneis) grisáceos en las proximidades de Mirasierra (El Palo) y Valdevilla, en Segovia capital.

Puede provocar hasta el cambio de la composición de los suelos (de ácidos a básicos o al revés), confusiones para los centros escolares que usan su entorno para enseñanza de las ciencias naturales y dudamos que sirvan de buen refugio para la fauna de ese lugar (por ejemplo, las lagartijas), adaptada a mimetizar sus coloraciones con otro tipo de rocas locales, como los gneises glandulares grisáceos (piedra centenera).

Afortunadamente ha habido y creemos que hay buen@s técnic@s que han realizado proyectos de renaturalización que han tenido en cuenta la geología local a la hora de elegir dónde, qué rocas y cómo disponer piedras en espacios periurbanos para conseguir una verdadera renaturalización integral de esos espacios, no solo de la flora y supuestamente de la fauna.

geologiadesegovia.info
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