El pasado martes 18 de agosto, Barbolla reafirmó su vínculo ancestral con el subsuelo en una jornada que combinó ciencia, patrimonio y convivencia. Bajo el título «Guardianes del Agua: Barbolla», cerca de 60 asistentes se sumergieron en una experiencia de «hidrogeología a pie de calle» para entender por qué este rincón del nordeste segoviano es tan generoso en caudales.
La actividad comenzó con una charla introductoria para descifrar la «tarta geológica» sobre la que caminan los vecinos. Los adultos y sobre todo los niños disfrutaron de las explicaciones sobre el pueblo, que se asienta sobre materiales que cuentan historias de mares y ríos antiguos:
- El «plato»: Un basamento de rocas muy antiguas (gneises y granitos) que hace de barrera impermeable.
- La «base»: Calizas y dolomías marinas del Cretácico Superior (hace 80-90 millones de años), formadas cuando esta zona era un mar tropical.
- El «bizcocho»: Capas de arenas y arcillas terciarias.
- La «guinda»: Los sedimentos más recientes aportados por la red fluvial actual.

Salió a relucir la analogía de la esponja para explicar el comportamiento del acuífero somero de Barbolla: cuando la tierra se satura por las lluvias, el nivel del agua sube casi hasta la superficie, lo que explica las inundaciones «relámpago» vividas en el entorno del Río de la Hoz en 2021, 2024 y recientemente en 2026, así como otras muchas anteriores que inundaron incluso importantes zonas del núcleo urbano (2013).



Uno de los puntos fuertes de la charla fue el análisis de la toponimia local. Se destacó cómo los nombres de los parajes son auténticas «etiquetas» que los antepasados dejaron para señalizar la presencia del agua:
- El Canalizo: Marca los surcos naturales por donde el agua busca su camino entre Barbolla y Aldeonte.
- Pozo del Ciervo: Cerca del Arroyo Seco, un nombre que revela que incluso la fauna sabía dónde «pinchar» la esponja de sedimentos recientes para beber.
- El Barralejo: Nuestra fuente fiel, alimentada por el filtrado natural hacia el Río de la Hoz (en las cercanías de El Olmillo).
- Las Balsas y La Poza: Nombres que funcionan como advertencias geológicas; zonas donde el terreno se deprime y el acuífero rebosa de forma natural.
- El Pozo y Las Vegas: Referencias directas a la fertilidad y a la facilidad de encontrar agua «a la mano» gracias al nivel freático tan somero.
Tras la teoría, el grupo se convirtió en una expedición de «Guardianes del Agua» con el recorrido por las calles del pueblo. Para fomentar la participación de los más jóvenes, la expedición contó con una divertida actividad de cartografía participativa. Cada niño y niña recibió un mapa del casco urbano y un juego de pegatinas con los que debían ir localizando y señalando los pozos a medida que los visitábamos. Esta iniciativa convirtió el paseo en una pequeña ‘búsqueda del tesoro’, permitiendo a los pequeños exploradores comprender de forma visual la abundancia y la importancia estratégica de estas captaciones de agua en la trama urbana de su pueblo.

Además, tuvimos la inmensa suerte de que tres vecinos abrieran generosamente las puertas de sus patios para mostrarnos sus pozos tradicionales, piezas clave del patrimonio etnográfico local. El momento más refrescante del paseo —y necesario dado el intenso calor de la jornada— fue cuando uno de los propietarios puso en funcionamiento un pozo equipado con una bomba eléctrica, permitiendo a niños y adultos disfrutar de un agua cristalina y muy fresca que brotaba con un excelente caudal.

En este paseo observamos la arquitectura de los brocales, con una sorprendente variedad de formas. Aunque predominan los de morfología octogonal y los redondeados, también pudimos identificar algunos hexagonales e incluso cuadrados, testimonio de la pericia de los antiguos canteros de la zona.




¿De qué roca beben los vecinos?
La actividad concluyó con un refrigerio tradicional de limonada, acompañada de pan sobao y torta de chicharrones. Fue el momento de la «evaluación final». Se lanzó una pregunta al aire: ¿De qué roca están formados la mayoría de los brocales que hemos visto hoy? La respuesta fue unánime y correcta: de caliza.


Es esa misma piedra calcárea, nacida en los mares del Cretácico y hoy elevada cientos de metros, la que sigue custodiando las ventanas al acuífero de Barbolla. Una jornada, en definitiva, para recordar que conocer nuestras «raíces del paisaje» es la mejor forma de convertirnos en verdaderos guardianes de nuestro recurso más preciado: el agua.



Actividad organizada por: María Fernández Blázquez y Óscar Cabestrero Aranda (Geología de Segovia y Universidad Complutense de Madrid).
Agradecimientos: Un agradecimiento especial al Ayuntamiento de Barbolla, a la Asociaciones San Butellín, de Jubilados y de Amas de Casa; y a los vecinos que con su hospitalidad hicieron posible esta jornada de divulgación y aprecio por nuestro patrimonio.
Bibliografía:
- Díez Herrero, A., & Martín Duque, J. F. (2005). Las raíces del paisaje: Condicionantes geológicos del territorio de Segovia. Segovia, España: Junta de Castilla y León.
- López Olmedo, F., Díaz de Neira, J. A., Hernaiz Huerta, P. P., Cabra Gil, P., Solé Pont, J., & Díaz Arranz, R. (2007). Hoja 431 (Sepúlveda): Mapa Geológico de España (E. 1:50.000). Madrid, España: Instituto Geológico y Minero de España (IGME).


