A lo largo de la Historia (y la Prehistoria), el aprovechamiento por los seres humanos de los recursos naturales geológicos mediante la minería en sentido amplio, ha sido una de las principales actividades que ha permitido el desarrollo y avance de la civilización y contribuido al bienestar social. Desde la recolección y extracción de cuarzo, cuarcitas, sílex, dioritas… en el Paleolítico para la fabricación de la industria lítica; a los actuales minerales y rocas industriales (arenas feldespáticas y silíceas, palygorskita y arcillas especiales); pasando por la minería metálica de las edades Antigua, Media, Moderna y Contemporánea (cobre, hierro, zinc, estaño, plata, plomo, wolframio…); la provincia de Segovia se ha caracterizado por una variada actividad minera.

Cámaras y pilares del interior de la mina de yeso alabastrino de la familia Poza en Valle de Tabladillo. Foto: Andrés Díez Herrero.

Sin embargo, en la documentación histórica de esta actividad minera solo ha quedado constancia de los poderosos (edictos y reales cédulas, aristócratas propietarios, promotores mineros, naturalistas, ingenieros de minas, geólogos…); y casi nunca, o en contadas ocasiones, de los verdaderos protagonistas de la actividad extractiva primaria: los mineros.

Por ello, los escasos documentos en los que se citan, con nombres y apellidos, a mineros segovianos tienen el extraordinario valor de servir de homenaje a las personas que dedicaron su vida (y en ocasiones la perdieron) para la noble actividad de extraer los recursos geológicos del interior de la Tierra.

No hemos sido capaces de localizar documentos en los que se cite nombres de mineros segovianos hasta finales de la Edad Media e inicios de la Edad Moderna, cuando se conceden los primeros permisos y autorizaciones de prospección y apertura de minas por parte de la Corona o las Comunidades de Villa-Ciudad y Tierra de la actual provincia de Segovia (Segovia, Pedraza, Sepúlveda, Ayllón, Fresno de Cantespino…). En carta de 23 de mayo de 1417, Fernando Sánchez y Fernando de Robledo participaron al rey Juan II que habían hallado un venero de “margajitas argénteas” en “tierra de Aillon”, cerca del puerto que dicen de La Vieja (Díez Herrero y Martín Duque, 2005).

Tras un salto temporal, también aparecen nombres de personas y familias dedicadas a las actividades mineras en los censos y catastros de población y actividades típicos del siglo XVIII, como el conocido Catastro del Marqués de la Ensenada correspondiente a la localidad de Valle de Tabladillo (realizado en el año 1751) destaca la presencia entre la población de, al menos, 18 yeseros, con nombres como Sebastián de Poza, Frutos Lobo, Joseph Lobo, Marcos Poza, Juan Poza... En respuesta a la pregunta 33 del Interrogatorio (ocupaciones de artes, canteros), cita “Pablo Revilla y Francisco Revenga, que se ocupan por tiempo y espacio de tres meses en sacar piedra, para Yeso, quemarla y molerla, y conducirla a los pueblos cercanos, por su renta y despacho consideran les queda anualmente por esta ciento y cinquenta reales, a Joseph Lovo Velásquez y Frutos Lovo, por el mismo tiempo cien reales…” (Díez Herrero y Martín Duque, 2005).

Ya en el siglo XIX y principios del siglo XX son numerosos los registros y concesiones mineras registrados por promotores e inversores y los ingenieros de minas y naturalistas que recorren la provincia, que citan nombres de mineros e incluso se fotografían con ellos. En el año 1955, el ilustre geólogo Maximino San Miguel de la Cámara, que realizaba la memoria del mapa geológico 1:50.000 de Maderuelo, visita las yeseras del Valle de Tabladillo, realizando una pormenorizada descripción y una fotografía de Felipe Lobo en la entrada de su explotación. Los nombres de muchos mineros ya aparecen recogidos en las cartillas y libros de jornadas de trabajo, por ejemplo en las minas de Otero de Herreros de 1904-1905.

Por supuesto ya desde mediados del siglo XX hay un registro pormenorizado y organizado de toda la actividad minera por parte de las administraciones públicas competentes (estatales y autonómicas) y por los instrumentos de control laboral y sanitario (Seguridad Social), que nos permite conocer prácticamente todos los nombres de mineros (y mineras) de la provincia de Segovia, con personas emblemáticas como: Eleuterio Poza (Valle de Tabladillo y Vivar de Fuentidueña); Juan José Palomero, Maruja, Milagros y Julia Alonso (San Rafael) o Gregorio Criado (San Rafael y Arcones).

Gregorio Criado (Q.E.P.D.), el último minero de minería metálica (wolframio y estaño) en una entrevista en 2004 para el libro Las raíces del paisaje.

La Cruz de Justo

Pero, sin duda alguna, un testimonio único que tenemos en la provincia de Segovia, y más concretamente en el término municipal de Valseca, del fallecimiento de un minero con nombre y apellido, es la denominada Cruz de Justo. Debió ser el homenaje de sus compañeros mineros y del pueblo de Valseca a Justo Herranz, un minero-arenero que explotaba las arenas silíceas y gredas (barros) de los afloramientos de los materiales basales del Cretácico Superior (Formación ‘Arenas de Utrillas’) de la orla septentrional del piedemonte del Guadarrama, que es la prolongación más occidental de la Rama Castellana de la Cordillera Ibérica.

Vista desde el camino de Valseca a Segovia, pasada la ermita de San Roque, hacia el noreste, donde se aprecian las escombreras del barrero moderno y, a la derecha, en lo alto de un cerro de las cuestas en las rocas calcáreas, la Cruz de Justo. Foto: Andrés Díez Herrero.

Las pésimas condiciones de seguridad con la que se explotaban estas arenas silíceas y arcillas mediante galerías subhorizontales (Díez Marcelo, 2020a y 2020b), abiertas en la propia arena, sin más entibación ni revestimiento que algún banco de roca más dura (arenisca, dolomía, silcreta) como techo, haría que los accidentes fueran frecuentes, incluso mortales por aplastamiento o enterramiento. Así debió fallecer Justo Herranz, en el actual paraje del Barrero de Valseca, allá por mayo de 1758.

La cruz debió permanecer durante un par de siglos hasta que el avance de las escombreras de las explotaciones mineras modernas (de las mismas arenas y arcillas que explotaba Justo) la derribaron y desperdigaron. Hasta que en diciembre de 2021, un grupo ‘anónimo’ de vecinos de Valseca tuvieron la loable iniciativa de recomponer la cruz y reivindicar el espíritu solidario de un pueblo a sus vecinos.

Reproducimos a continuación el magnífico texto e imágenes de Antonio Manso Luengo y Francisco Hernando Manso que José Luis Herranz Fuentes publicó en el muro del grupo de Facebook ‘Yo, soy de Valseca’ el 15 de enero de 2022 y que describe perfectamente la reconstrucción de la cruz de Justo y su documentación:

——————————————————————————————————————–

Valseca de Boones

Silenciosa y cubierta de musgo, por el pueblo tal vez olvidada… En el camino de Valseca hacia Segovia, poco después de pasar la ermita de San Roque, en un altozano desde donde se divisa una panorámica del pueblo y sus alrededores, estaba enhiesta la llamada Cruz de Justo. Esta cruz de piedra caliza llevaba varios años caída en el suelo, fragmentada.

Una mañana soleada, sentados en su deteriorada peana, nos surgió la pregunta de por qué se la denominaba la cruz de Justo y su ubicación en este lugar. Con dificultad, entre el tupido musgo pudimos leer en la cara de la peana que mira a poniente la siguiente inscripción “aquí murió Justo Herranz. Mayo de 1758”. En las otras caras hay más leyendas borradas.

Quisimos saber quién era Justo Herranz. D. Isidro -párroco de Valseca- consultó el registro de defunciones y en él figura como fallecido en esa fecha Justo Herranz. Una nota marginal, hecho no habitual, indica la causa de su muerte “murió sepultado en la mina de arena que estaba en ese lugar”.

Aparte de que en el futuro indaguemos otros pormenores sobre el tema, consideramos que era necesario frenar el avanzado deterioro de la cruz que troceada yacía en suelo. Restauramos la peana, recompusimos los trozos y cual cirineos levantamos la pesada cruz y la ubicamos en su sitio.  Ahora luce en lo alto y contempla a los transeúntes del camino.

Sentimos alegría por el convencimiento de que fue la solidaridad la que motivó que el pueblo erigiese la cruz en memoria de un vecino fallecido, un hecho realmente loable que honra a nuestros predecesores, y tristeza por quienes después hemos permitido un olvido tan clamoroso que hace que haya desaparecido de la memoria colectiva.

En Valseca, y en otros pueblos, hay muchas cruces, inmuebles y, más aún, valores que claman al cielo, como el arpa olvidada de las rimas de Bécquer, para que una mano de nieve venga a levantarles. No existen razones que justifiquen esta pasividad y el deterioro continúa. Y cuando un pueblo, como un árbol, pierde sus raíces se seca.

Valseca, diciembre de 2021.

Antonio Manso Luengo  –  Francisco Hernando Manso

Obras de la reconstrucción de la Cruz de Justo en diciembre de 2021 por vecinos ‘anónimos’ de Valseca. Fuente: muro de Facebook del grupo ‘Yo, soy de Valseca’.

——————————————————————————————————————

Sirva esta modesta entrada en la web de Geología de Segovia, en vísperas del 1 de mayo, Día del Trabajo, y en el 264º aniversario del fallecimiento de Justo Herranz, el primer minero segoviano fallecido de nombre conocido, de homenaje a todos los mineros y mineras de nuestra provincia y del Mundo.

Situación de la Cruz de Justo tras su reconstrucción en diciembre de 2021 por vecinos ‘anónimos’ de Valseca. Fuente: muro de Facebook del grupo ‘Yo, soy de Valseca’.

Para saber más:

Agradecimientos

La web Geología de Segovia desea agradecer la autorización de Antonio Manso Luengo y Francisco Hernando Manso, para publicar aquí su texto y fotografías; y la labor de intermediación de José Luis Herranz.