¿Volcanes en Segovia?¿Ha habido volcanes o se han dejado sentir sus efectos históricamente en la provincia de Segovia? Por increíble que parezca, la respuesta a ambas preguntas es SÍ. Ya sabéis que desde esta web estamos empeñados en demostraros que, desde el punto de vista geológico, esta provincia tiene o ha tenido de todo, incluidos volcanes y sus efectos.
Aunque los únicos restos de rocas volcánicas en la provincia de Segovia datan de hace unos 240 millones de años, los efectos de erupciones volcánicas históricas acontecidas en otros territorios, a veces muy lejanos, se han dejado sentir en Segovia de forma desigual y, en ocasiones, con repercusiones en manifestaciones culturales muy curiosas y singulares.
Volcanes del pasado en Segovia
Hasta donde llega nuestro actual conocimiento geológico de la provincia de Segovia, sabemos que al menos en dos momentos de la crónica geológica de los últimos 600 millones de años, hemos tenido volcanes en Segovia.
La primera evidencia que tenemos de volcanes data del tránsito entre el Cámbrico y el Ordovícico, hace unos 490 millones de años, cuando una cadena de islas volcánicas (parecido al actual archipiélago de Japón), expulsaba coladas de lava y cenizas que, millones de años después sufrieron el metamorfismo y se transformaron en algunos de los gneises (piedra centenera) que hoy en día forman parte de la Sierra de Guadarrama, especialmente reconocibles en sitios como Los Calocos en Vegas de Matute, Revenga y hasta en las rocas oscuras del talud de la entrada del aparcamiento del centro comercial Luz de Castilla en Segovia.

La segunda evidencia que tenemos son rocas volcánicas que se encuentran dispersas entre las areniscas del Triásico que forman la ladera septentrional de la Sierra de Pradales, en localidades como Aldeanueva de la Serrezuela, donde hace unos 240 millones de años hubo erupciones fisurales en las llanuras de inundación de los ríos que surcaban lo que actualmente es La Serrezuela.

Erupciones volcánicas históricas con efectos en Segovia
A inicios del año 1600 se produjo en Perú la erupción del volcán Huaynaputina, que arrojó a la atmósfera tal cantidad de cenizas y gases que se expandieron por todo el planeta, especialmente en el hemisferio norte, y en particular en el sector euroasiático. Tal fue la cantidad de cenizas en la atmósfera, que obstaculizaron la entrada de rayos solares, hasta el punto que el año 1601 se ha venido a denominar “el año sin verano”. Este déficit en la incidencia solar tuvo su reflejo en el crecimiento de la vegetación, sobre todo la arbórea, que ese año desarrolló un anillo de crecimiento más estrecho de lo habitual, denominado “año característico”. Los bosques de la provincia de Segovia no fueron ajenos a este año o estos años (ya que se prolongó hasta el año 1602) sin verano, y se notó, por ejemplo, en el menor crecimiento de la madera de los pinares de Valsaín y Navafría. Así lo ha investigado y demostrado mediante técnicas dendrocronológicas, la Dra. Mar Génova (UPM), estudiando ejemplares de la Sierra de Guadarrama, algunos de ellos en la provincia de Segovia. A pesar de ello, las actas municipales del Concejo de Segovia correspondientes a esos años, consultadas en el Archivo Municipal de Segovia, no arrojan ninguna manifestación cultural o expresión popular asociada a estos años sin verano, ni al oscurecimiento del cielo y la llegada de menores tasas de insolación. Eso sí, este año característico de 1601 ha resultado muy interesante para el estudio de maderas procedentes de los pinares de Valsaín, por ejemplo en la datación del entarimado del canal de Herrera en la Real Casa de Moneda de Segovia y relacionarla con las avenidas históricas del río Eresma en Segovia.

La explosión del volcán Tambora (Indonesia) en abril de 1815 oscureció Europa y eliminó igualmente el verano del año 1816, en el que la escritora londinense Mary Shelley y su compatriota poeta Lord Byron se refugiaron de la lluvia y los cielos tenebrosos en una mansión a la orilla del lago Lemán, al norte de los Alpes; donde se dice que a Shelley se le ocurrió el personaje de Frankenstein y Lord Byron escribió el poema Oscuridad. Pero también tuvo su reflejo en Segovia, porque ese invierno, la ceniza del volcán trasladada por la circulación atmosférica hasta el centro peninsular, hizo que en el Guadarrama cayera nieve ligeramente rosada, lo que suscitó todo tipo de explicaciones legendarias y expresiones literarias. El mito de la caída periódica de la “nieve rosa” o “nieve roja” del Guadarrama se mantuvo en el conocimiento popular (por ejemplo, en la leyenda de la nieve roja de la laguna de Peñalara) hasta que un siglo después, se diera una explicación científica a la coloración de la nieve, asociada a microorganismos, en el ensayo titulado “La nieve roja del Guadarrama”, publicado en la revista Cultura Segoviana. Un estudio comparativo entre las tazmías (diezmos parroquiales) de los años 1815, 1816 y 1817 en cuarenta localidades cántabras, permite asegurar, sin ninguna duda, que Cantabria el año 1816 no disfrutó de su habitual verano confortable. Mucho frío, poco sol y excesivas lluvias contribuyeron a reducir las cosechas a cotas de miseria y retrasar su recolección hasta noviembre, ya bien entrado el otoño. Además, a veces, los párrocos añadían notas justificativas de la disminución del importe de los diezmos, notas que vienen bien para conocer la temperie del año e incluso la calidad de los frutos. En Barcelona la población afirmaba que las temperaturas de agosto eran más propias de las del mes de abril. El Barón de Maldá habla de una nevada en el centro de la Península a mediados de julio. Aunque no hay más fuentes que lo contrasten y sea poco probable (seguramente se tratara de algún episodio de granizo) coincide con unos días en los que la temperatura mínima de Madrid alcanzó valores récord de 12-13 ⁰C. Si comparamos las temperaturas de 1816 con la media del periodo 1871-1900 (aún no afectado por el calentamiento global) las primeras están hasta 3⁰C por debajo en algunas estaciones, siendo esta anomalía más marcada durante el verano. Los testimonios aseguran que en julio y agosto se registraron 13 y 10 días de tiempo frío respectivamente y que hubo multitud de tormentas, muchas de ellas acompañadas de granizo. En Segovia, desafortunadamente no tenemos un registro documental tan ilustrativo, pero sí que hay referencias indirectas a la variabilidad del tiempo de esos años en el portalillo de la iglesia de Santiago de Bernuy de Porreros, donde aparecen sillares con varias referencias a caídas de rayos en tormentas estivales en esos años.

En España se retrasaron las cosechas de cereales (trigo sobre todo) y algunas no maduraron por completo. La vendimia fue escasa y el vino de mala calidad. Parte de las frutas también resultaron inservibles. Miles de personas murieron de hambre y tifus y cientos de miles quedaron sin hogar. La mortalidad en 1817 fue un 50% más elevada que en los peores momentos de 1815. No faltaron quienes interpretaron esos acontecimientos como señales de un inminente fin del mundo por haber sido apartados de la protección de Dios. Creyentes o no, entre la población se instaló un pesimismo generalizado y una falta de esperanza ante los años venideros.
Algo semejante ocurrió con la erupción del volcán Krakatoa en 1883, tras la que los altos niveles de ceniza en la atmósfera produjeron espectaculares ocasos durante los años siguientes, rasgo que se ha sugerido que también tuvo repercusión en algunas de las pinturas de los paisajes segovianos de finales del siglo XIX (como ocurrió con las pinturas de J. M. W. Turner tras la erupción de 1815).
NOTA DE REDACCIÓN: Se han eliminado todas las referencias bibliográficas de este texto (no así de las fuentes de las ilustraciones) para hacerlo más ligero y fácilmente legible, pero pronto verá la luz un libro que contendrá exhaustivamente el origen y autoría de toda la información que aquí se recoge de forma abreviada y divulgativa.
