La Mujer Muerta

Existen múltiples versiones y variantes de la leyenda mitológica de la formación de la alineación montañosa que hoy en día conocemos como Sierra de la Mujer Muerta o, simplemente como La Mujer Muerta, ubicada en el sector centro-occidental de la Sierra de Guadarrama (Sistema Central español, provincia de Segovia).

Pero, lo que es indiscutible, es que el hecho más reseñable que pretenden describir todas las versiones y variantes del relato es que el perfil de la cumbre de este relieve se asemeja al de una persona (supuestamente una mujer) tumbada boca arriba (decúbito supino), pudiéndose diferenciar: la parte superior del cráneo (hueso parietal; collado de El Rinconcillo, 2131 m), la frente (frontal; La Pinareja, 2196 m), la nariz (nasal), la boca con los labios, la barbilla, los dedos de las manos entrelazados sobre el pecho (2131-2143 m), el vientre (Peña el Oso, 2196 m), los muslos, rodillas, espinillas, tobillos (1949 m) y pies (Pico de Pasapán, 2005 m); incluso hay quien añade la oreja (2001 m), en un risco en la vertiente bajo la cabeza; la almohada (Cerro de La Muela, 2152 m), en la loma que se apoyaría la cabeza; y el velo y manto en los canchales y pedreras de las laderas.

Además todas las variantes del relato tienen tres elementos en común:

  • Es fruto de una pelea, lucha u hecho luctuoso y traumático, como una discusión entre pretendientes, entre hermanos o tribus.
  • El cuerpo de la mujer muerta se elevó a lo largo de un tiempo considerable, una noche completa o más tiempo.
  • El relieve de la Mujer Muerta separa el norte del sur.

Pues bien, el origen del relieve y constitución geológica de las rocas que forman esa alineación montañosa tienen relación directa con la forma del perfil de la sierra y con ese levantamiento respecto al piedemonte circundante. Vamos por partes.

¿De qué está hecha la Mujer Muerta?

La constitución geológica, esto es, las rocas y estructuras que forman la sierra de la Mujer Muerta no son, como mucha gente cree en Segovia, granitos, sino otras rocas de composición mineralógica semejante (cuarzo, micas y feldespatos), pero mucho más antiguas (con cerca de 490 millones de años de antigüedad) y además origen metamórfico, o sea, fruto del aplastamiento a altas temperaturas de otras rocas previas. Estas rocas metamórficas, que no solo forman la Mujer Muerta, sino buena parte de la Sierra de Guadarrama en su vertiente segoviana (Peñalara, La Atalaya…) siempre han sido llamadas “piedras centeneras” por los habitantes del piedemonte serrano; porque sobre ellas se formaban suelos tan pobres que apenas se podía cultivar centeno y algo de lino, por lo que habitualmente eran empleadas para pastos y ganadería extensiva. Otras personas ancianas del piedemonte serrano parece que les denominaban “piedras centelleras”, por los centelleos, destellos o brillos que producen las micas de los planos y superficies características de estas rocas (foliación) por las que se parte cuando es golpeada, por ejemplo para hacer los vallados de piedra seca entre las fincas. Los geólogos modernos, sobre todo desde el siglo XIX, denominan estas rocas con el término de origen germánico “gneist” (del alemán ‘chispear’; por el brillo de sus minerales), castellanizado como “gneis” o en ocasiones simplificado como “neis”.

El origen de estas rocas metamórficas fue la transformación de otras rocas previas, estas sí, antiguos granitoides (rocas semejantes al granito), que formaban las raíces de una cadena de montañas, de la que no queda nada por erosión, hace unos 490 millones de años. A las rocas metamórficas que proceden de la transformación de rocas ígneas o magmáticas (granitos, sienitas, basaltos, andesitas, etc.), como es el caso, se les añade al nombre el prefijo orto-. Por lo tanto, los gneises que forman la Mujer Muerta son casi todos ortogneises.

Pero, como estos granitoides previos eran de muchos tipos distintos, los gneises resultantes también tienen aspecto y propiedades diferentes:

  • Las rocas que proceden del metamorfismo de granitos oscuros, ricos en micas y minerales ricos en hierro y manganeso, con grandes cristales de feldespato (llamados granodioritas porfídicas), dieron lugar a gneises, más o menos oscuros, con grandes glándulas circulares o elípticas de feldespato (que en Galicia se denominan ‘ollo de sapo’ por su semejanza a los grandes ojos de los sapos) que denominamos por tanto ortogneises glandulares; a lo que se añade el ‘apellido’ calificativo de ‘mesocratos’ (de meso-, intermedio, y –cratos, color), si tienen color intermedio, ni claro ni oscuro; y el sobrenombre de ‘melanocratos’, si tienen coloración oscura (de melas-, negro u oscuro, y -cratos, color).
  • Las rocas que proceden del metamorfismo de granitos ricos en cuarzo (leucogranitos, de leuco-, blanco o claro), evidentemente dieron lugar también a gneises ricos en cuarzo y feldespatos, de colores claros, a los que denominamos ‘leucogneises’.

Es lo que en el libro divulgativo “Guía de Piedras de la Sierra de Guadarrama» (Sacristán, Díez-Herrero y Carrera, 2016; Ediciones La Librería) se ha tratado en el apartado “Las 50 sombras del gneis”, parodiando el conocido libro de literatura erótica “Las 50 sombras de Grey” y la película que de él ha derivado.

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A estas alturas de la narración se preguntarán qué tiene que ver todo esto con el relieve y la forma de la Mujer Muerta. La respuesta es sencilla: todo, puesto que el subsuelo de la sierra de la Mujer Muerta está formada por alternancias y sucesiones tanto de ortogneises glandulares como de leucogneises, dispuestos en conjuntos y niveles inclinados, replegados y fallados.

Y, como la composición química y mineralógica de unos y otros es diferente, también lo es su resistencia a la erosión de los agentes meteorológicos (lluvia, nieve, hielo, viento, cambios de temperatura, insolación). Los ortogneises glandulares, con sus minerales ferro-magnesianos, se alteran y erosionan más fácilmente con la lluvia y los cambios de temperatura, por lo que enseguida se forman relieves redondeados y mantos de arcillas, limos y arenas que recubren las rocas en las cumbres. Por el contrario, los leucogneises, ricos en cuarzo, se alteran con más dificultad, dando riscos y cresterías de roca, y solo les afecta el agua que penetra en las grietas y, al congelarse, ensancha las fisuras y rompe la roca, que cae al pie de los riscos formando canchales y pedreras.

De esta forma, allí donde el subsuelo de la Mujer Muerta está formado por ortogneises glandulares, tenemos relieves redondeados, de lomas convexas y laderas regularizadas suaves, separadas por collados o vaguadas cóncavas; así pasa en la almohada, el vientre (Peña del Oso), las rodillas y los pies de la Mujer Muerta. Por el contrario, allí donde el subsuelo está formado por leucogneises, se forman peñas, crestas o agujas, de perfil aserrado y escarpes verticalizados; así pasa en la nariz, barbilla, los dedos entrecruzados y la propia oreja de la Mujer Muerta.

Dicho de otra manera, las distintas formas del perfil de la Mujer Muerta tienen relación directa con la resistencia a la erosión de las rocas del subsuelo bajo la superficie: cuando son rocas más duras, se forman riscos y relieves en crestería, como la cara y dedos; cuando son rocas algo más blandas, se forman lomas redondeadas y vaguadas, como la almohada, el vientre, rodillas y pies.

¿Y cómo se elevó la sierra de la Mujer Muerta?

Una vez explicado el origen del perfil de la Mujer Muerta en la diferente resistencia a la erosión de las rocas del subsuelo, quedaría por explicar por qué las cumbres se elevan por encima de los 2000 m de altitud, casi 800 m sobre el piedemonte circundante por el norte.

Aunque las rocas que constituyen la Sierra de Guadarrama y, entre ellas la Sierra de la Mujer Muerta son bastante antiguas (todas tienen más de 250 millones de años), su elevación para formar una sierra como hoy en día lo conocemos, superando los 2000 m de altura, es relativamente reciente, al menos en tiempos geológicos. Efectivamente, no fue hasta hace unos 65 millones de años, al iniciarse la era Cenozoica (antes denominado ‘Terciario’) cuando la tectónica de placas no produce la aproximación de las placas Euroasiática y Africana, que interactúan dejando entre ellas la placa Ibérica y otras microplacas, como Alborán. El resultado de todas estas interacciones son los esfuerzos compresivos que elevan: entre la placa Euroasiática y la placa Ibérica, los Pirineos; entre las placas Africana, Alborán e Ibérica, las cordilleras Béticas; y, en el interior de la placa Ibérica, se elevan el Sistema Central, los Montes de Toledo, Sierra Morena y la Cordillera Ibérica, entre otras alineaciones montañosas. Este periodo de formación de montañas u orogenia, que abarca los últimos 60 millones de años, dado que también se formó la gran cadena de los Alpes (y otras como los Andes, las Rocosas, el Himalaya…), ha venido denominándose clásicamente orogenia Alpina.

Esta elevación de las rocas formando cadenas montañosas no se produce por simples engrosamientos y plegamientos litosféricos (corteza terrestre y parte superior del manto), sino que se manifiesta en superficie en grandes fallas, roturas de la parte superficial de la corteza terrestre que elevan grandes bloques formando montañas y hunden otros formando valles. Antiguamente, en las publicaciones geológicas de los siglos XIX y XX, se venían denominando los bloques elevados con el término anglosajón ‘horst’ y los bloques hundidos como ‘graben’, porque se interpretaba que las fallas eran normales o directas. Pero desde hace décadas, como sabemos que la mayor parte de las grandes fallas son verticales o inversas (cabalgamientos) es preferible usar únicamente la terminología ‘bloque elevado’ y ‘bloque hundido’ o sus equivalentes anglosajones pop-up y pop-down, respectivamente.

La Mujer Muerta es, pues, un gran bloque levantado (pop-up) respecto a dos bloques hundidos (pop-down) al norte (piedemonte septentrional del Sistema Central y fosa de Valverde del Majano-Labajos) y al sur (fosa de la Garganta del Moros). Entre ellos, decenas de fallas verticales e inversas levantaron unos y hundieron (o no levantaron tanto) otros. Pero estos procesos tectónicos no se produjeron, como narran las leyendas de la Mujer Muerta, en una noche por elevación del cuerpo de la mujer; ni siquiera después de años de labrado de Hércules. Los movimientos de las fallas, sean lentos y progresivos (creep) o rápidos con saltos bruscos que liberan la energía durante los terremotos, requieren millones de años para elevar las cumbres de la Mujer Muerta casi un millar de metros por encima de los bloques hundidos.

Solo nos queda referirnos brevemente a los últimos ‘retoques de cirugía estética’ que ha sufrido el relieve de la Mujer Muerta en los últimos millones de años, hasta dar con su fisionomía actual, que inspiró las leyendas. A lo largo del Cenozoico, a medida que se elevaba, los torrentes y arroyos de sus laderas fueron erosionando los relieves, formando las cabeceras torrenciales y gargantas de los arroyos (Peces, Horneras, Pedriza, Canteras, Peña el Oso-Pedrona, Podrido, Majada Conejo-Víboras y Milanillos, hacia el noroeste; y Rinconcillo, Patarro, Hornillos, Las Tabladillas y Horcajos, hacia el sureste) y grandes abanicos y mantos de depósito aluvial al pie. En los últimos dos millones de años, las fases glaciares cuaternarias acumularon nieve en las cumbres y partes altas de las laderas, que se transformó en hielo glaciar y erosionó amplios circos y formó morrenas a media ladera; que luego quedaron tapados por los derrubios de bloques y cantos de las pedreras y canchales periglaciares (Pedriza del Gamonal, La Pedrona, Umbría de la Mujer Muerta, Peñas Blancas) desprendidos en las cresterías de las cumbres.

Perfil de la sierra de la Mujer Muerta vista desde el noroeste, con el gran abanico aluvial-torrencial o cono de deyección en la salida de la cuenca del arroyo de la Pedrona. Dibujo: Jorge Soler en Díez Herrero y Martín Duque (2005), Las raíces del paisaje.

De esta forma tan prosaica se formó la Mujer Muerta, elevándose respecto a su entorno y configurando ese perfil aserrado tan característico, que dio lugar a las diferentes versiones de la leyenda.

Para saber más…

Esta entrada es un extracto de uno de los apartados (1.1) del libro:

Díez Herrero, A. y Pastor Martín, J. (2026). Leyendas en Piedra. Con el alma en la Tradición y los pies en la Tierra. Ediciones Derviche, Segovia, 233 páginas. ISBN: 979-13-991682-7-3; Depósito Legal: SG 95-2026.