En estas fechas navideñas en las que todo el mundo intercambia los mejores deseos para el Año Nuevo venidero, nos gustaría también hacer una reflexión geológica sobre las edades y, como siempre, buscar una perspectiva desde la gea segoviana.
Aunque existe un acuerdo a nivel de los organismos internacionales (ONU, UNESCO…) en que nos encontramos en la década de 2020, en pleno siglo XXI, dentro de la Edad Contemporánea de la Historia, todos somos conscientes que para otras culturas y religiones el conteo anual es diferente. De hecho, el año 2026 de las culturas occidentales cristianas (mayor parte de Europa y América), para los seguidores de la religión islámica abarca partes de los años 1447 y 1448 AH (del calendario de la Hégira); sería el año 4724 en China (en su horóscopo se inicia el Año del Caballo); y para los judíos abarca principalmente el año hebreo 5786 (que comenzó en 2025 y termina con Rosh Hashaná en septiembre de 2026) y luego el inicio del año hebreo 5787, que comienza con Rosh Hashaná el 17 de septiembre de 2026.
De forma análoga, l@s geólog@s no somos una cultura o religión diferente, pero sí que tenemos nuestro propio ‘calendario’: la Tabla Cronoestratigráfica Internacional, que se ha establecido y se actualiza periódicamente por la Comisión Internacional de Estratigrafía de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS). La última versión publicada (y consultable y descargable en PDF en su página web con diferentes idiomas) es de diciembre de 2024, con sus divisiones del tiempo o cronológicas (eón, era, periodo, época, edad) y de sus equivalentes de conjuntos de rocas o estratigráficas (eonotema, eratema, sistema, serie, piso).

Si nos fijamos en detalle en la parte más reciente de las divisiones de la Tabla, vivimos en el piso/edad Megalayense, perteneciente a la serie/época Holoceno, del sistema/periodo Cuaternario del eratema/era Cenozoico(a).

El Megalayense se inició hace 4250 años, y toma como estratotipo global de límite (GSSP) un espeleotema formado en la Cueva Mawmluh, en el estado de Megalaya (India, fronterizo con Bangladesh), tipificado por una estalagmita archivada en la Smithsonian Institution de Washington. En ella se marca el inicio de 200 años de adversidad climática global, manifestada por una prolongada aridificación y enfriamiento en el hemisferio norte y una migración hacia el sur de la Zona de Convergencia Intertropical. La enorme y prolongada sequía que afectó a muchas de las sociedades agrícolas que se habían desarrollado tras el fin de la última glaciación, provocó importantes migraciones y cambios culturales en Egipto, Grecia, Siria, Palestina y Mesopotamia, así como en los valles del Indo y del río Amarillo. Es por ello que el inicio del piso y edad Megalayense, en el que vivimos los humanos actuales, constituye el ejemplo excepcional de una unidad geológica ampliamente refrendada por la historia y por el registro arqueológico (Gutiérrez-Marco y Finney, 2025).
Antropoceno (del griego ánthrôpos, hombre –en el sentido de ser humano- y kainós, nuevo –en el sentido de su aparición reciente en la historia de la Tierra) es una idea introducida en el año 2000 por un químico atmosférico, Paul J. Crutzen (1933-2021), y un biólogo estudioso de diatomeas y ecosistemas lacustres, Eugene F. Stoermer (1934-2012), para expresar la influencia probada de la humanidad sobre el medioambiente, vinculada con la explotación masiva de los recursos naturales, las emisiones nocivas, la explosión demográfica o el cambio climático, entre otros factores; que se iniciaría en torno a 1950 y hasta la actualidad. Para la Geología oficial y formal, el Antropoceno no es una división formal, sino un «evento». Su naturaleza geológica está íntimamente ligada a la historia humana desde el último interglaciar pleistoceno, y al impacto ambiental generado por la agricultura, la deforestación, la ganadería intensiva, la industrialización, la polución atmosférica, el colonialismo, el capitalismo, etc., y por ello es también un metaconcepto susceptible de ser abordado y experimentado desde todos los campos de las artes, humanidades y ciencias sociales y políticas, al ser virtualmente equivalente a la “era humana”, en el sentido más amplio del término (Gutiérrez-Marco y Finney, 2025).
El inicio del Megalayense en Segovia
Desafortunadamente no existen estudios geológicos detallados sobre la presencia de evidencias geológicas (depósitos, rocas, estructuras, etc.) perfectamente datadas (con edades cercanas a los 4.250 años) de ese periodo de 200 años de aridificación y enfriamiento del clima que caracterizó en todo el hemisferio norte el inicio de nuestra actual edad, el Megalayense. Ojalá se promovieran estudios en los espeleotemas de nuestras cuevas (Los Enebralejos, Jaspe, Puerta de la Villa…) para ver si de detecta ese periodo árido y frío en alguna estalagmita, como ocurre en Megalaya (India); o se realizasen dataciones minuciosas en las secuencias de depósitos geológicos que abarcan ese periodo, como puede ser la secuencia de arenas eólicas de la Tierra de Pinares en Burgomillodo o Navas de Oro, los depósitos lacustres de las lagunas y charcas (Lastras de Cuéllar, Cantalejo, Coca-Villeguillo…), los depósitos tobáceos, las turberas y tollas de la Sierra, etc.

Tampoco la arqueología de la provincia de ese periodo (Edad del Bronce Antiguo-Medio) nos ofrece para ese momento temporal suficiente información y resolución para detectar ese periodo árido, como sí que parece ocurrir en la submeseta sur con la Cultura de las Motillas. Casi todos los yacimientos de este periodo en la provincia se sitúan en cuevas (La Vaquera, Los Enebralejos, La Tarascona…) o al aire libre (Las Zumaquelas), pero sin evidencias de cambios de poblamiento y hábitos por aridificación y enfriamiento del clima. Ojalá también hubiera presupuesto para profundizar en los estudios arqueológicos de este periodo, tan interesante.

Pero lo que sí que tenemos en Segovia es una curiosa narración historiográfica, de carácter legendario, que bien pudiera estar originalmente fundamentada en lo que ocurrió en ese inicio del Megalayense u otros periodos áridos posteriores a lo largo de esta edad (Díez Herrero et al., 2022). La conocida obra Historia de Segovia (Colmenares, 1637) en su capítulo II recoge:
«Gran seca de España
II. A este rey [nieto de Gárgoris] (como escribe Justino) sucedieron por muchos siglos sus descendientes, de cuyos nombres y gobierno pereció la noticia. Sólo refieren algunos de nuestros historiadores (sin hallarse en autor griego ni latino), que por estos tiempos sucedió en España una sequedad tan espantosa, que no llovió en veinte y seis años. De cuya relación algunos han mofado, sin advertir que puede Dios castigar las culpas de los hombres con falta de agua en semejante sequedad, como con la sobra en el diluvio. Despobló esta sequedad la provincia huyendo los pobres y muriendo los ricos, en la confianza de su opulencia. Reducida a su natural temperamento la provincia, volvieron a ella los huídos, acompañados de las naciones que los habían amparado. Y entre otros los celtas (hoy franceses), entraron en la Iberia…».

Al parecer, según la legendaria narración de Colmenares y otros historiadores hispanos (a los que no cita; sin que autores griegos o latinos lo recojan), habría ocurrido una prolongada sequía (no llovió en 26 años), consecuencia de «las culpas de los hombres», que provocó el despoblamiento de la actual provincia de Segovia por huída de los antiguos pobladores hacia el norte, y la posterior repoblación por restas gentes, acompañadas de pueblos de la actual Francia, que él asocia a la entrada de los pueblos celtas, y con ello la fundación de la ciudad de Segovia. Según Cortázar (1891), dicha sequía narrada por Colmenares ocurrió en el año 224 antes de Jesucristo.
Sin ánimo de encontrar justificación histórica a lo que son hechos legendarios, faltos de rigor histórico y de precisión cronológica, lo que sí que es cierto es que de los grandes periodos históricos y prehistóricos de altas temperaturas (que podrían llevar asociadas bajas precipitaciones) que se han reconocido gracias al estudio isotópico de los registros polares de hielo, se encuentra el denominado periodo cálido Minoico (en torno al 1400 a. C.), al final de la Edad del Bronce, que podría coincidir cronológicamente con lo expuesto por Colmenares (1637) y, al parecer, otros autores.
Según Silva et al. (2017), el Bronce culmina con una gran crisis climática y de población alrededor de finales del segundo milenio antes de Cristo (c. 1100 a. C). Todo ello es el germen del surgimiento de las élites, de la segmentación política peninsular y del aumento de las concentraciones urbanas que se producen durante la posterior Edad del Hierro.

Para saber más…
- Colmenares, D. (1637). Historia de la Insigne Ciudad de Segovia y Compendio de las Historias de Castilla, Diego Díez Impresor, Segovia, 652 pp.
- Cortázar, D. de (1891). Descripción física y geológica de la provincia de Segovia. Boletín de la Comisión del Mapa Geológico de España, tomo XVII, 234 pp.
- Díez Herrero, A.; De Marcelo Rodao, G.; Díez Herrero, A.; Escobar Burgueño, A. (2022). Los desastres naturales en la cultura tradicional segoviana. Colección Becas de Investigación, 16. Instituto de la Cultura Tradicional Segoviana ‘Manuel González Herrero’, Diputación de Segovia, Segovia, 320 pp. (295 pp + 5 Anexos). I.S.B.N. 978-84-17191-52-8; D.L. SG 197-2022.
- Gutiérrez-Marco, J.C. y Finney, S.C. (2025). Antropoceno: un metaconcepto ajeno a la Geología oficial. Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 77(2), julio-diciembre 2025, 1419. https://doi.org/10.3989/asclepio.2025.1419
- Silva, P.G.; Bardají, T.; Roquero, E.; Baena-Preysler, J.; Cearreta, A.; Rodríguez-Pascua, M.A.; Rosas, A.; Zazo, C.; Goy, J.L. (2017). El Periodo Cuaternario: La Historia Geológica de la Prehistoria. Cuaternario y Geomorfología, 31 (3-4), 113-154.
